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EDITORIAL

¿Por qué importa el CIDE?

GUILLERMO CEJUDO, SANDRA LEY Y JAVIER MARTÍN REYES
domingo 31 de mayo 2020, actualizada 8:29 am


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México necesita ciencia, ciencia y más ciencia. La salida de la pandemia pasa necesariamente por el conocimiento científico: por el desarrollo de medicinas y vacunas, la estimación del impacto social y económico de la crisis, así como el diseño de políticas que resuelvan los problemas públicos más urgentes. Sin ciencia, estamos condenados a perpetuar la emergencia.

Sucede, sin embargo, que los espacios para hacer ciencia atraviesan un momento sumamente complicado. La emergencia sanitaria ha mandado a investigadores y alumnos a casa, mientras que los recortes presupuestales han limitado seriamente el funcionamiento de universidades y centros de investigación. Naturaleza y decisiones humanas tiene a la ciencia en el peor de los mundos posibles: una enorme demanda con limitadas condiciones para satisfacerla.

Esa es la situación de todos los centros públicos de investigación del Conacyt -en realidad, de toda la administración pública federal-. Pero en días recientes el CIDE ha estado en el ojo del huracán. Quizá por su vocación de incidencia pública, quizá por la rapidez con la que comunicó la situación a toda su comunidad, se ha generado la equivocada impresión de que el CIDE es el principal o único afectado por el recorte del 75% al gasto operativo ordenado por el Presidente.

Al mismo tiempo, en redes sociales ha surgido un debate válido y necesario sobre la relevancia y contribuciones de los centros de investigación. ¿Por qué importan las instituciones como el CIDE? Ofrecemos aquí algunas respuestas, desde el inevitable afecto y orgullo que nos genera el ser parte de su comunidad, pero también desde la certeza que nos da la abundante evidencia sobre sus contribuciones a la vida pública del país.

El CIDE es una institución pública dedicada enseñar e investigar. Es una organización pequeña, pero su impacto es enorme. Desde sus inicios, el CIDE ha tenido un compromiso claro con la docencia.

Lo podemos decir sin rubor: el CIDE es una historia de éxito colectivo. Una apuesta del Estado mexicano que por más de cuatro décadas ha cumplido con su misión. Una institución pública que, fiel a su vocación, ha contribuido a formar ciudadanos, a informar el debate público y aportar elementos a la toma de decisiones de gobiernos -federal y locales- de todos los colores partidistas, de todos poderes del Estado y de instituciones autónomas y organismos internacionales.

Pero el futuro del CIDE -como el resto de todas las instituciones de investigación y docencia- es incierto. Hay, además, una segunda fuente de incertidumbre: como toda la administración pública federal, de la cual forma parte en tanto centro público de investigación, el CIDE está enfrentado nuevas restricciones administrativas y recortes presupuestales. Estos recortes ponen en serios aprietos el funcionamiento de la institución. No estamos hablando de viajes, vehículos o celulares. Se trata de insumos básicos para la labor de investigación.

En este paquete de incertidumbres se suman los intentos por desaparecer los fideicomisos de ciencia y tecnología de todos los centros Conacyt. Aquí conviene ser enfáticos: estos fideicomisos tienen reglas claras, su gasto es autorizado por comités técnicos, están sujetos a auditorías regulares y a las normas de transparencia, además de que no reciben dinero del presupuesto federal. Contar con ellos no es algo optativo, sino un mandato legal. .

Hace unas semanas, los fideicomisos de los centros Conacyt se vieron amenazados por un decreto presidencial y ahora enfrentan una posible reforma legal para desaparecerlos. Se trata de una propuesta que busca resolver un problema inexistente, que comprometería el funcionamiento de todos los centros, que agravaría la ya de por sí complicada situación de la ciencia y la tecnología en México. Aprobar esta propuesta sería un grave error.

En el CIDE, la pandemia ha acelerado -como en todo el mundo- la toma de decisiones para ajustarnos a un presente desafiante y un futuro incierto. Las amenazas de recortes y restricciones han complicado la capacidad de respuesta y han generado ansiedad adicional entre trabajadores y estudiantes.

Pero hay, en todo esto, una certeza: el CIDE sigue. Como institución pública, como comunidad académica, como centro de generación y transmisión conocimiento y como un conjunto de personas comprometidas con la ciencia, el CIDE -como los demás centros públicos de investigación- continuará sus aportaciones al país. Y el CIDE seguirá haciendo análisis crítico de la realidad, sin dejarse caricaturizar por quienes buscan definirlo en un tuit o descalificarlo por las opiniones de sus profesores o estudiantes -de quienes, sobra decirlo, estamos profundamente orgullosos-. Sabemos que hay mucho por mejorar, pero aspiramos a ser un ejemplo de lo que México puede lograr: una comunidad con debate crítico pero informado, con compromiso social, aprecio por el conocimiento y sentido de responsabilidad. Eso es el CIDE.

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