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EDITORIAL

De Política y Cosas Peores

ARMANDO CAMORRA
sábado 14 de marzo 2020, actualizada 8:05 am


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Es un resucitado". Eso decía la gente de aquel hombre que vendía churros frente al Mercado Juárez de mi ciudad, Saltillo. Lo conocí siendo yo niño, y ciertamente inspiraba un temor supersticioso. Según la leyenda había muerto, y milagrosamente regresó a la vida después de estar en el caliginoso reino de ultratumba. La verdad fue otra. El médico municipal era el doctor Antonio María Zertuche, de gran prestigio porque había estudiando en la Sorbona de París. Cuando se presentó en la población la epidemia de influenza española -año 18 del pasado siglo- el doctor Zertuche fue casa por casa marcando con una tiza blanca la frente de los que habían muerto víctimas de aquel terrible mal. Por equivocación marcó la del churrero, que estaba solamente privado de sentido. Lo recobró a bordo del fúnebre carretón de mulas que en confuso hacinamiento de cadáveres lo llevaba para ser arrojado en la fosa común. El vendedor de churros, espantado, pretendió descender de aquel macabro carromato, pero el de las riendas lo detuvo con imperiosa voz: "¡Epa, amigo! ¿A dónde va?". "Voy a bajarme -respondió el infeliz churrero, tembloroso-. Yo no estoy muerto". "Usté cállese y échese -le ordenó el carretonero-. ¿A poco va a saber más usté que el doctor Zertuche?". Las naciones del mundo están tomando precauciones extremas ante el coronavirus. En México nuestro Presidente nos asegura que la plaga no es tan terrible, y que no debemos temer tanto su amenaza. Tranquilícense, pues, los demás países. ¿A poco van a saber más que López Obrador?... Sor Bette, directora del Colegio de Santa Genoveva, llevó a sus alumnas al zoológico de la ciudad. Una de las chica quiso saber: "Madre: ese rinoceronte ¿es hembra o macho?". "Niña -le contestó sor Bette, exasperada-. Esa pregunta sólo tiene interés para otro rinoceronte". Don Cucoldo llegó a su casa inesperadamente y vio abajo de su cama un par de zapatos de hombre. Le preguntó a su esposa: "¿De quién son esos zapatos?". Contestó, nerviosa, la señora: "Son tuyos". Replicó don Cucoldo: "Supongamos sin conceder. Pero ¿de quién son esos pies?". La enfermera estaba segura de que le había puesto al paciente un termómetro rectal, y sin embargo el hombre lo tenía en la boca. Explicó el tipo: "Es que me dio hipo y respiré p'adentro". Don Algón le preguntó a la chica que solicitaba el empleo de secretaria: "¿Tiene usted referencias?". "Tengo tres -respondió ella-. Busto 106, cintura 60 y cadera 92". Pomponona Segunda era la reina de los caníbales. Mujer extremadamente gorda, se necesitaban 14 hombres, escogidos entre los más fuertes de la tribu, para llevarla en andas en su trono. Cierto día los salvajes capturaron a una bella exploradora de cabellera de oro, esbeltas formas y agraciado rostro. Determinó la reina Pomponona: "Nos la comeremos mañana". Le informó el primer ministro: "Desgraciadamente, Majestad, el concejo de la tribu se reunió hace rato, y por unanimidad los concejales acordaron que nos será de mayor provecho que la rubia sea nuestra reina y que a usted nos la comamos". La maestra le preguntó a Pepito: "¿Cómo deletreas la palabra 'vaca'?". Contestó el chiquillo: "Be, a, ce, a". Opuso la profesora: "Así no la deletrea el diccionario". Replicó Pepito: "Usted me preguntó cómo la deletreo yo, no cómo la deletrea el diccionario". Doña Holofernes, esposa de don Poseidón, habló con su marido: "Nuestra hija Glafira me contó que anoche tuvo trato íntimo con su novio". El severo genitor llamó a la muchacha y le dijo: "Entiendo que has perdido la virginidad". "Ay, papá -replicó ella con tono de molestia-. ¡También dónde la ponen!". FIN.

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