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EDITORIAL

Los tiempos de AMLO

Urbe y Orbe

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ
lunes 29 de abril 2019, actualizada 7:39 am


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La mayor habilidad política del presidente Andrés Manuel López Obrador es el manejo de los tiempos. Su control sobre la agenda pública es consecuencia de su destreza para manejar lo que llaman "timing". Y ha hecho de ello su principal estrategia de comunicación y ejercicio del poder desde que en 2000 asumió la jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal, desde donde comenzó a construir su larga candidatura que lo llevó a la presidencia de la república en 2018. La narrativa de su extensa campaña y la construcción retórica de su joven gobierno es de una simpleza que raya en lo burdo: la raíz de los problemas del país es "la mafia del poder", hoy "viejo régimen", y el remedio a esos problemas son él y su equipo. Si bien es cierto que el mensaje puede resultar efectivo por sí mismo en el marco de la naturaleza de las contiendas electorales mexicanas -poco reflexivas y muy repetitivas-, buena parte del éxito se debe al diestro manejo de los tiempos por parte del ahora presidente.

El primer tiempo que domina López Obrador es el verbal. Su hablar pausado, casi aletargado, que incluso puede resultar desesperante a no pocos, es parte de su estrategia. Romper el ritmo vertiginoso con el que se maneja la política hoy y la dinámica acelerada de los diálogos periodísticos, es un intento por llevar a los interlocutores a otra velocidad y meterlos en la zona de confort del político. El líder de la izquierda mexicana consume mucho tiempo en decir pocas cosas, y esas pocas cosas casi siempre son lo mismo o una ligera variante de lo que ya ha dicho con anterioridad. Pero en medio de su lenta oratoria, el presidente sabe colocar adjetivos y descalificaciones precisas que terminan convertidas en titulares, tendencias, bromas, críticas y aplausos. También sabe usar muy bien las digresiones, incluso las más triviales, como su afición por el béisbol o anécdotas intrascendentes. Hay quienes, ingenua o maliciosamente, desde la oposición y la crítica han querido ver en este comportamiento un síntoma de alguna tara mental, pero quien haya observado con cierto detalle la evolución del político izquierdista sabrá que su actuar no es patológico sino estratégico.

El segundo tiempo que maneja con soltura es el político. Y en él, López Obrador ha forjado la perseverancia y tenacidad como espada y escudo. Tras la apretada derrota de 2006, Andrés Manuel pasó de ser el candidato de la izquierda a ser la cabeza de un cada vez más amplio y heterogéneo movimiento político en el cual él es la única figura aglutinante. Montado sobre el caballo del lopezobradorismo, el hoy presidente usó a los partidos "progresistas" en 2012 para buscar otra vez la presidencia. Tras una nueva derrota por mayor porcentaje que la anterior, muchos pensaron que todo había terminado para el oriundo de Macuspana. Pero nuevamente la persistencia lo mantuvo en pie y tras deshacerse de los partidos que ya no le querían postular, creó otro para poder presentarse a las elecciones de 2018: Morena. Y López Obrador no solo ganó los comicios de julio pasado, sino que lo hizo de forma contundente y avasalladora, con lo que demostró una capacidad muy superior de entender y cabalgar el tiempo político de la que mostraron quienes en 2012 lo daban ya por muerto.

El tercer tiempo de AMLO es el mediático. Curtido en el debate y la crítica desde los 90, con una exposición pública que ningún otro político mexicano ha tenido en los últimos 20 años, Andrés Manuel sabe usar muy bien los tiempos de los medios sin que le cueste. No importa si se habla bien o mal de él en la prensa, la radio, la televisión o las redes, lo que vale es que hablen. Hasta 2018, la vida política nacional en este siglo había girado prácticamente en torno a si el tabasqueño se iba a postular o no, cómo lo haría y si por fin ganaría. Las otras candidaturas han estado, en términos mediáticos, en función de la figura del líder izquierdista e, incluso, buena parte de las presidencias de quienes lograron vencerlo en 2006 y 2012. Las ruedas de prensa a primera hora -aplicadas también durante su jefatura de Gobierno- responden a una estrategia de control de agenda: una vez posicionados los mensajes -entre más polémicos, mejor- la jornada transcurre entre reacciones y comentarios a lo dicho por el presidente. La polarización de las opiniones es un efecto buscado que sirve al discurso maniqueo de López Obrador. Los "buenos nuevos" contra los "viejos malos". Así ha sido su administración en estos primeros meses.

El cuarto tiempo es el histórico. Además de su discurso político, AMLO ha construido una narrativa sobre su papel en la historia de México en la que enfrenta su proyecto nacionalista y reformista al "proyecto neoliberal" desarrollado por el PRI y el PAN desde Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto. López Obrador se ha esforzado por hacer parecer a su gobierno un parteaguas, un cambio de régimen. Y en esa ruta ha optado por llamar a su sexenio el inicio de la "Cuarta Transformación", en alusión a una primera emprendida por Hidalgo y Morelos, una segunda encabezada por Juárez y una tercera desencadenada por Madero. Le ha costado poco socializar el término, ya que tanto aplaudidores como detractores no han dudado en apropiárselo en su extensión o en su forma abreviada: "La 4T". Para López Obrador, cada paso que da su gobierno forma parte del inevitable camino del cambio y la transformación, y en la dinámica de su tiempo mediático, todo aquel que critique ese paso es un emisario del antiguo régimen que quiere obstaculizar el progreso y desarrollo del país. Insurgentes contra realistas. Republicanos contra monárquicos. Federalistas contra centralistas. Liberales contra conservadores. Revolucionarios contra reaccionarios. Chairos contra fifís. Esa es la dialéctica histórica que entiende AMLO.

El quinto tiempo de Andrés Manuel es el administrativo. El control de éste le viene como consecuencia de los cuatro anteriores. Un claro ejemplo de este manejo se dio el fin de semana antepasado, cuando en pleno Viernes Santo un grupo armado perpetró una matanza durante una fiesta familiar en Minatitlán, Veracruz. Entre las víctimas había un niño de apenas un año de edad. Buena parte de la crítica y oposición exigió ese mismo día, el sábado y el domingo que el presidente se pronunciara respecto al nuevo hecho de violencia. Pero por parte del titular del Ejecutivo federal no hubo ni una palabra de la tragedia… aunque sí descalificaciones hacia sus detractores. El lunes, en su rueda de prensa, López Obrador por fin habló del tema y, como en anteriores ocasiones, culpó al "viejo régimen" de la violencia que sigue azotando al país. El mismo día se dio a conocer que el primer trimestre de 2019 fue el más violento desde que se tiene registro. Pero, nuevamente, los tiempos de "La 4T" marcaron que se trata de resabios de la "mafia del poder" y que "en seis meses" la inseguridad comenzará a disminuir.

En el plano administrativo, los tiempos de "La 4T" dan para decretar que la Guardia Nacional, sin leyes secundarias, empieza a operar en Minatitlán desde el viernes. Que el aeropuerto en Texcoco no es viable y el de Santa Lucía sí y que, contra todo pronóstico, estará listo en "tres años". Que un memorándum es suficiente para cancelar una reforma constitucional. Que es más importante dar dinero a los padres que financiar las guarderías para cumplir una obligación del Estado. Que la prioridad es hacer que fluya el recurso a los múltiples programas sociales clientelares que incrementan la popularidad del presidente, que comenzar a reforzar las instituciones para combatir la corrupción que tanto se denunció en el pasado. Todo es posible cuando se tiene bajo control el tiempo. Pero, ¿hasta cuándo durará ese control? ¿Cuántos golpes de la necia realidad soportará?

El sexto tiempo es el gran ausente, y es el tiempo de la oposición. Los partidos perdedores de la elección del 1 de julio, principalmente el PRI y el PAN, no han logrado sustraerse de la estrategia presidencial y hoy juegan un triste papel secundario de reforzamiento del "nuevo régimen". No importa si cuestionan o avalan lo que el presidente diga, todo lo que hacen está en función de los tiempos de Andrés Manuel. Mientras la oposición no logre construir una narrativa diferente, alterna, a la que impulsa el actual gobierno, mantendrá su posición satelital, les guste o no lo que vean. Deberían empezar por reconocer que tanto el PRI como el PAN son altamente responsables de que López Obrador hoy gobierne la república. Luego, construir un discurso y un tiempo distinto al oficial en donde los grandes problemas del país sean el eje; un discurso y un tiempo que obliguen al presidente a salirse de su guion. De lo contrario, seguirán en la órbita presidencial, como la referencia de aquello que fue y no será más, en el preciso lugar que el lopezobradorismo les ha asignado en su múltiple dominio del tiempo.

Twitter: @Artgonzaga

Correo-e: agonzalez@grupopunto.net

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