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CALEIDOSCOPIO

María del Carmen Marqueo Garza
CALEIDOSCOPIOCALEIDOSCOPIO, domingo 28 de abril 2019, actualizada 9:49 am


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La verdad os hará libres: Jn 8, 31-42

Metro de la Ciudad de México, Estación Tacubaya. Mientras camina por el andén, una mujer madura comienza a trastabillar y se desvanece. La secuencia de imágenes captadas por las cámaras de seguridad hilan una historia que termina cuando cinco uniformados sacan en vilo a la mujer al exterior de la estación, en donde permanece más de 24 horas, hasta que finalmente una ambulancia la levanta y la lleva a un servicio de emergencias. Es hospitalizada y un par de días después fallece. Por lo poco que se sabe, padecía una enfermedad crónico-degenerativa y sufrió un evento vascular cerebral que provocó desvanecimiento y muerte. Ella portaba una placa informativa en su muñeca, la cual fue robada junto con el resto de sus pertenencias.

Los eventos ocurrieron desde el pasado mes de febrero, y hasta ahora salen a la luz. Muy en contra de lo que suele suceder, hace un par de días, la directora general del sistema Metro, Florencia Serranía, acaba de asumir su responsabilidad por lo ocurrido. Ofrece que se revisarán los protocolos, aunque insiste en que se actuó como se hizo, basándose en el reporte de que la mujer estaba alcoholizada, cuestión que sus familiares niegan. Y aún si ese fuera el caso, el estado de intoxicación por sí mismo habría ameritado vigilancia en un servicio de urgencias.

Más allá de los protagonistas que, según la evidencia recogida, no hicieron mayor cosa por auxiliar a la mujer, y ahora buscan justificar su actuación, me sorprende la indolencia ciudadana. Que la enferma haya permanecido a la intemperie por más de 24 horas, y que al parecer el único contacto humano que ella recibió después de ser abandonada, fue del ladronzuelo que robó sus pertenencias. Entre tanto, sus familiares, preocupados, notificaban acerca de la desaparición y emprendían su búsqueda.

Buen momento para analizar en qué medida lo virtual viene contaminando nuestra percepción de la realidad, de modo que no alcanzamos a discriminar si lo que captan nuestros sentidos en verdad existe, o es solamente un juego de la imaginación. Pudiera decirse que lo virtual ha superado a lo real, de manera que llegamos a percibir lo que ocurre en derredor nuestro como algo irreal, salido de la imaginación de un diseñador de videojuegos, frente a lo cual nosotros - en nuestro papel de jugadores - tenemos la opción de interactuar o de no hacerlo. En el estado que guardan las cosas hoy en día, esa parte que conocemos como "conciencia" busca ponernos a salvo del caos, y para nuestra propia protección interna, convierte los hechos de la vida real en tramas virtuales cuyo desenlace no depende solamente de nosotros. Las escenas de muertes violentas con cuerpos regados en el suelo de un salón de fiestas, como lo ocurrido en Minatitlán, se convierte entonces en parte del escenario imaginario. Nuestro afán de supervivencia nos impele a verlo de este modo. Asumirlo como real nos colocaría en serio riesgo de muerte también a nosotros. Que en el caso de la mujer fallecida, las autoridades señalen que la masacre no ocurrió a resultas de fallas en el estado de derecho, sino por cuestiones ajenas a la gobernanza, es igualmente parte de esa trama virtual, en un juego en el que nos enfrentamos día a día con el enemigo bajo diversas identidades virtuales.

"Percepción selectiva" es el término acuñado hace más de un siglo por William James para este tipo de apreciación sesgada de la realidad. Frente a un exceso de información yo "elijo" qué voy a ver y qué voy a ignorar. Algo parecido - me atrevo a suponer - es lo que sucede en la actualidad, el nivel de violencia nos sobrepasa, y el yo aceptarlo como real sería reconocer que me encuentro en riesgo inminente de muerte. He ahí la razón por la que comienzo a apreciar la realidad con sesgo, filtrando aquellas percepciones que me tornan vulnerable. Por otra parte, dado que vivimos inmersos en un mundo de alta tecnología, mi percepción echa mano de algo adicional: una imbricación entre lo real y lo virtual. Ello explica buena parte de lo que sucede allá afuera, con el fin de fomentar mi tranquilidad. El exceso de violencia no es más que parte del videojuego, y los heridos y muertos son hologramas que puedo borrar con tan sólo pulsar un botón.

Ya lo dijo Saramago: "Según yo entiendo el mundo se está convirtiendo en una caverna igual que la de Platón. Todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad". De este modo, la indolencia frente a la mujer enferma, botada a la calle, es resultado de una chanza de nuestro inconsciente, que queremos percibir como inexistente. Algo similar a las fantasías ópticas de un caleidoscopio, a través de cuyo visor se observa lo que no existe, cuando la realidad no se ajusta a las expectativas de quien mira.

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