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EDITORIAL

La resurrección de la muerte

ÉDGAR SALINAS
martes 23 de abril 2019, actualizada 7:42 am


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"Más de 200 muertos y 450 heridos" en ataques a tres iglesias y cuatro hoteles en Sri Lanka…". "Un grupo armado irrumpe en una fiesta en Veracruz y mata a 14 personas: no dijeron nada, entraron y empezaron a matar". Estas dos noticias ensombrecieron la pascua cristiana de este año.

El primer caso sacudió a occidente y a la Iglesia Católica en particular dado que los ataques se perpetraron contra cristiano católicos. El segundo caso sacudió al país en un contexto en que, al darse a conocer las cifras del primer trimestre sobre homicidios, ha resultado ser el de mayor incidencia de los últimos años, y eso es ya decir demasiado.

En ambos casos la tragedia supera lo que pudiera decirse, explicarse y hasta condolerse. Otra vez en nuestra mesa cotidiana la muerte absurda, la más estúpida a juzgar por la improcedencia de las motivaciones. En ambos casos estados rebasados por grupos armados, organizados y movilizados de tal modo que las capacidades preventivas y reactivas de los estados palidecen por incompetencia. El rebase del absurdo a las instituciones creadas para la convivencia pacífica y, peor aún, sin consecuencias.

La mañana que leí lo de Sri Lanka y la secuencia de notas y comentarios de lo sucedido en Minatitlán, Veracruz, me encontré un tuit de Sergio Fajardo, el excalde de la emblemática Medellín, en el que manifestaba su total acuerdo con unas palabras externadas por Monseñor Darío Monsalve, arzobispo de Cali quien declaró: "la polarización es un camino peligroso en una nación herida".

Para el primer caso, y parafraseando las palabras de Monseñor Monsalve, vale decir que la polarización es un camino peligroso para un mundo herido. Tal vez el mundo nos pudiera parecer muy grande a la hora de dimensionar y generar empatía con lo que acontece a miles de kilómetros. Pero lo cierto es que acontece que vivimos en un mundo de múltiples heridas, unas tatuadas por siglos y otras más de invención reciente pero igualmente dolorosas. Y como tantas otras realidades, las heridas y su atención, su cura, es necesariamente global. Cuando un país como Sri Lanka no es capaz de contener esa barbarie, es la llamada comunidad internacional la única que pudiera incidir para generar cambios y velar por la vida de quienes allí habitan.

Para el segundo caso, las palabras de Monseñor Monsalve son aleccionadoras y espero que no resulten proféticas. Está clarísimo que atravesamos un momento como país que hace de la nuestra una nación herida. Demasiada sangre y mucho dolor se ha esparcido por todos los rincones del país en los últimos lustros. Dividirnos, polarizarnos es un camino que podría derivar en dolores incluso mayores a los que hemos atestiguado y padecido en años recientes. Quien se obstine en polarizar y dividir, apuesta por abrir aún más las heridas. Apuesta por el camino del dolor y no por el de sanación que requerimos para abrirnos al futuro de un modo al que nos está marcando.

Para el occidente cristiano, lo que se celebra en la semana que culminó es la que simbólicamente da sentido a lo que se cree y se confiesa. Esas dos tragedias, sin embargo, son una sacudida profunda a lo que consideramos que da sentido a nuestras sociedades. El mensaje que nos transmite la pascua, desde la fe, creyendo que la muerte no es el final, es vapuleado por estas maneras de creer que se gana matando.

Hace poco leía de Adela Cortina su afirmación de que lo peor que pudiera pasar a la democracia es pensar que ya está conquistada. Podríamos decir lo mismo de los derechos humanos, de la paz, del ecumenismo. Siempre habrá algo que hacer para alcanzar y defender esos estados de relación humana: la democracia y la libertad que le es consustancial; la paz y la justicia que la sostiene; el ecumenismo y la fraternidad que le da rostro.

La polarización en este contexto es un camino torpe. Su siguiente frontera es el linchamiento, el terrorismo, el fraticidio. Estados con instituciones débiles no son precisamente los más adecuados para contener las voces polarizantes; más bien pueden alentarlas hasta el absurdo.

Ha sido una desgracia para esta pascua saber que hay quienes hacen de la muerte su mejor respuesta para esta vida. Siglos de cultura debieran contener suficientes respuestas para afrontar de otro modo las heridas. Duele ver cómo hay quienes se obstinan en resucitar a la muerte y no a la vida para darle sentido a las suyas.

Twitter: @letrasalaire

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