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Columnas la Laguna

De Política y Cosas Peores

Armando Camorra
domingo 21 de abril 2019, actualizada 8:39 am


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Tres amigos fueron de vacaciones a Cancún. En la playa conocieron a tres chicas. Una era telefonista, la segunda enfermera y la otra profesora. Al día siguiente los amigos comentaron en el desayuno sus respectivas experiencias. "A mí no me fue muy bien con la telefonista -dijo uno, triste-. No pude hacer nada. Lo único que ella me decía era: "Un momento, por favor". "A mí me fue igualmente mal con la enfermera -declaró el otro-. Tampoco me dejó hacer nada. Se la pasó toda la noche diciéndome: "No se mueva. No se mueva'". "A mí me fue peor con la profesora" -manifestó el tercero. Le preguntaron los amigos: "¿Tampoco te dejó hacer nada?". "Me dejó hacer todo -respondió el tipo con voz desfallecida. Pero al terminar me dijo: 'Muy bien. Ahora me vas a repetir la tarea cinco veces'". La anciana señora le dijo a su descocada nieta: "Tú lo que necesitas, Pirulina, es buscarte un marido". "Ya lo sé, abuelita -reconoció ella-. Pero ¿el de quién?". Doña Macalota, algo nerviosa pero muy halagada, le dijo en el restorán a don Chinguetas, su marido: "No voltees ni vayas a hacer algún escándalo, pero el elegante caballero que está en aquella mesa no me ha quitado la vista de encima ni un momento". "Ya lo conozco -contestó don Chinguetas sin dejar de comer-. Es un anticuario"... En la selva africana cundió el terror: una manada de feroces leones andaba por la comarca devorando hombres. Los jefes de la tribu llamaron a los cazadores blancos y ofrecieron una jugosa recompensa al que matara el mayor número de leones. Se presentaron cuatro aspirantes al premio: un americano, un inglés, un alemán y un mexicano. El americano traía un rifle con una potente mira telescópica capaz de aproximar la presa como si estuviera al alcance de la mano. El inglés llevaba un moderno fusil cuyas balas electrónicas perseguían al animal hasta alcanzarlo y darle muerte. El alemán se presentó con un arma que proyectaba sobre el blanco un rayo láser. En el sitio donde se posara el rayo ahí daría la bala. El mexicano, ante la sorpresa de todos, llegó llevando solamente un talache y un morral terciado al hombro. Se sortearon los turnos y le tocó salir primero al americano. Cada cazador dispondría de dos horas para cobrar sus piezas. Regresó el yanqui con cuatro leones muertos por un balazo entre los ojos. Partió el inglés y volvió a las dos horas justas con seis leones muertos de un tiro en el costado. Salió el alemán y regresó en el tiempo previsto. Venía con 10 leones, todos muertos por una bala que les había traspasado el corazón. Entre las risas nada disimuladas de los otros, Salió el mexicano con su talache y su morral. Volvió a la media hora. Traía 20 leones muertos, ninguno de los cuales mostraba ni siquiera la más pequeña herida. "By Jove!" -exclamó el inglés. "Mein Gott!" -prorrumpió el alemán-. "Son of a gun!"' -dijo el americano. En seguida le preguntaron al mexicano cómo había consumado semejante hazaña. "Muy sencillo -explicó, displicente, el peladito-. En este costal traigo un alimento mexicano que se llama pinole. Regué un caminito de pinole, y al final puse un montón grande. Llegaba el león, empezaba a oliscar el pinole y lo seguía hasta donde estaba el montón. En ese momento yo le metía el mango del talache por atrás. Al sentir eso el león hacía para adentro: '¡Ahhhh!'. Y se ahogaba con el pinole"... La joven recién casada le comentó a su médico: "Estoy preocupada por mi esposo. Tarda un poco en ponerse en aptitud de mostrarme su amor". Inquirió el facultativo: "¿Cuándo notó usted eso?". Respondió la muchacha: "Dos veces ayer en la tarde, tres veces anoche y otras dos veces hoy por la mañana". FIN.

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