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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
domingo 03 de febrero 2019, actualizada 8:38 am


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"Soy pederasta". Eso le confesó Túrpido a la linda Clarabel cuando ella le propuso que se casaran. A la objeción opuso la muchacha: "No importa. Para eso hay Alcohólicos Anónimos". Don Gerontino, senescente caballero, cortejaba a Himenia Camafría, madura señorita soltera. Le dijo: "Amiga mía: me gustaría ir a su casa una de estas noches a fin de disfrutar sus habilidades culinarias". "Está bien -aceptó ella-. Pero primero cenamos ¿eh?". Empédocles Etílez le pidió en la cantina a su contlapache Astatrasio Garrajarra: "Ya deja de beber. Te estás poniendo muy borroso". (Linda palabra mexicana es ésa: "contlapache". Significa cómplice, compinche, encubridor, y viene del aztequismo "tlapachoa", el acto de cubrir los huevos la gallina). El doctor Dyingstone era misionero al servicio de la Iglesia de la Tercera Venida. (No confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a sus feligreses a condición de que no lo cometan en la vía pública). Sus superiores lo enviaron a lo más negro del Continente Negro, ahí donde la mano del hombre blanco jamás había puesto el pie. Debía anunciar a los paganos la buena nueva de la existencia del pecado, el demonio, el infierno y otros entes semejantes sin cuyo conocimiento inexplicablemente los pobrecitos salvajes habían podido vivir hasta entonces. El doctor Dyingstone era hombre de familia, de modo que llevó consigo a las tres que tenía. Aconteció que una mañana iba por la selva acompañado por una de sus mujeres y por su hija cuando de pronto salió de entre los matorrales un gorila que tomó en sus membrudos brazos a la joven y se perdió con ella en la espesura. "Praise the Lord! -exclamó consternado el misionero-. ¡Espero que las intenciones de ese animal sean honestas!". Don Mamertito era señor enteco, tilico, cuculmeque y escuchimizado. Un día llegó a su domicilio avanzada ya la noche y le contó a su esposa que había tenido la desgracia de toparse en la cantina con Jock the Cock, individuo violento, atrabiliario e irascible. Al pasar junto a él le pisó un callo, y fue tal el enojo del sujeto que lo llamó "pendejo" y luego le propinó una serie de puñetes, mamporros y tortazos que lo dejaron viendo estrellas. Preguntó la señora: "¿Y te vengaste?". "Claro que sí -contestó don Mamertito-. Si no me vengo me mata el desgraciado". Colón retó a los monjes de la Rábida a equilibrar un huevo sobre la mesa. De inmediato uno de ellos procedió a intentar la hazaña. Le aclaró el Almirante: "De gallina, reverendo; de gallina". Don Cornulio regresó de un viaje antes de lo esperado y sorprendió a su esposa en consorcio adulterino con el compadre Pitorro. Un volcán, un Etna hecho, el mitrado motejó a la pecatriz con duros adjetivos: "¡Cangalla! ¡Peliforra! ¡Maturranga!. Protestó ella: "No seas egoísta, Corni. Por cada tres veces que lo hago contigo lo hago sólo una vez con él". La ciencia matemática es tan importante que sin ella la Tierra se precipitaría en la insondable infinitud del cosmos. Sabedores de eso algunos maestros de matemáticas se dan mucha importancia y reprueban por sistema a la mayoría de sus alumnos. Si alguna vez sientes la tentación de llamar felices a los años de tu juventud nada más recuerda la clase de álgebra. (A mí se me hace todavía un pozo en el estómago). Viene esto a colación porque el profesor definió en clase algo sin lo cual la vida en el planeta es imposible. Dijo: "El seno del complemento de un ángulo o arco recibe el nombre de coseno". En seguida se dirigió a Babalucas: "A ver, tontito: ¿cómo se llama el seno del complemento de un ángulo o arco?". Respondió el badulaque: "Coteta". FIN.

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