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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
domingo 06 de enero 2019, actualizada 9:11 am


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Toda mujer casada tiene derecho por lo menos a 10 años de viudez. Este precepto, que he postulado y defendido siempre, tendría que estar inscrito en la Constitución General de la República. Por elemental educación los maridos deberíamos irnos de este mundo antes que nuestras esposas, a fin de dejarlas descansar de nosotros un tiempo razonable. En efecto, los hombres somos necios por naturaleza, y los esposos más. Eso explica el caso de aquel señor de mi ciudad al que se le ocurrió morirse. En el velorio uno de sus hijos creyó advertir que su padre estaba respirando. Llamó a sus hermanos, y ellos corroboraron la sospecha. Fueron con su madre y le dijeron: "Mamá: parece que papá está vivo. Vamos a abrir el ataúd para revisarlo". "Ábranlo -autorizó la señora-. Pero una cosa les digo: si está vivo, el que lo saque del cajón tendrá que hacerse cargo de él". Lo anteriormente dicho me sirve de introducción para evocar a doña Generosa. Era mujer de baticola floja, tanto que enviudó y un año después del tránsito de su marido trajo al mundo un robusto bebé. Otro más dio a luz cuando se cumplieron dos años del fallecimiento del señor, y un tercero al siguiente año. Suspirando explicaba la viuda sus repetidos partos: "Es que mi esposo fue siempre muy cumplido, y todavía de vez en cuando me da mis visitaditas". No le faltaba razón, entonces, a aquel sujeto que decía: "El estado civil perfecto es la viudez, no importa que yo sea el muerto". Afrodisio Pitongo fue a confesarse ante el buen padre Arsilio. "Acúsome, padre -le dijo-, de que me tiré a Chorlita". Con esa sonora impudicicia empezó la relación de sus pecados. Chorlita era la más bella muchacha del contorno, y eso de tirarse equivale a follar, yogar o refocilarse carnalmente. "También -prosiguió el lúbrico sujeto- me tiré a la esposa del mulero, que está en muy buenas carnes -la esposa, no el mulero-, a la mujer del abacero, a la del pregonero, a la del posadero, a la del tabernero y a la del alguacil. Son muy guapetonas esas señoras, y algunas merecen el calificativo de superiores. Espero me rebaje usted la penitencia si le digo que todas quedaron satisfechas de mi desempeño, tanto que con cuatro de ellas tengo cita otra vez para mañana". "Bueno, cabrón -se exaltó el padre Arsilio-. ¿Vienes a confesarte o a presumir?". Doña Clorilia reñía a su hija mayor, Lerda, porque no trabajaba ni estudiaba, y estaba siempre acostada en su cama. "Así nunca vas a hacer nada en la vida" -la amonestaba con severidad. Tanto la reprendió que la muchacha terminó por irse de la casa. Regresó un año después. Traía coche del año; vestía ropa de marca; sus zapatos eran de mil dólares (cada uno); lucía en ambas manos más anillos que Saturno. Antes de que la estupefacta madre pudiera articular palabra le dijo Lerda con una gran sonrisa: "¿Ya ves, mami? ¡Y tú que decías que nunca haría nada acostada en la cama!". Pompiteta, mujer en flor de edad, casó con don Añilio, rico señor octogenario. No dejó de sorprenderse cuando en la noche de las bodas el maduro caballero se comportó en la cama como un muchacho, tanto que Pompiteta tuvo que recurrir al paripé. Quiero decir que se vio precisada a simular placer y fingir el orgasmo. Creció su asombro cuando el añoso señor asegundó la hazaña después de unos minutos, y más aún cuando la repitió en seguida por tercera vez. Maravillada le dijo a don Añilio: "Voy a llamar por teléfono a mi madre. Ella no quería que me casara contigo, por viejo. Le diré que me hiciste el amor tres veces en la primera noche". El veterano la detuvo: "No la llames todavía, linda. Espera a conocer el marcador final". The End.

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