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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
domingo 29 de abril 2018, actualizada 9:00 am


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"Me acuso, padre, de haberle arrebatado la virginidad a una mujer". El buen padre Arsilio se azoró al oír esa confesión, pues quien la hacía era Pitorrito Matacuaz, uno de los jóvenes más piadosos de su feligresía, miembro de la ACJM, portaestandarte de la Legión Jerónima y secretario de actas de la Cofradía de la Reverberación. Don Arsilio siempre pedía detalles cuando se trataba de culpas de lujuria, no así en tratándose de los otros pecados capitales: soberbia, avaricia, envidia, pereza, ira y gula. El penitente se adelantó a sus preguntas, como si en vez de haber ido a confesarse hubiera ido a presumir. Narró: "Le pedí a esa muchacha la gala de su virtud y la corona de su honor, y cuando me las dio -la gala y la corona, quiero decir- añadí a la lujuria la soberbia, pues me sentí macho triunfador". "Olvidémonos de la soberbia -indicó el señor cura-, y concentrémonos en lo principal. Gravísima es tu culpa, Pitorrito. Con artería de labioso seductor llevaste a la perdición a esa infeliz joven. Seguramente ella soñó con entregar la flor de su pureza al hombre a quien daría el dulcísimo título de esposo, y tú arrastraste por el fango la impoluta flor. Eso no se le hace a una buena muchacha católica. Te niego la absolución". "Lilibelia no es católica, padre -aclaró el tal Pitorrito-. Pertenece a una nueva secta llamada El Facebook del Señor". "¡Ah! -bufó el padre Arsilio-. ¡Esos paganos hijos de la modernidad!-. En tal caso te perdono. Ego te absolvo. La juventud es la juventud". Don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, comentó esa mañana en la oficina que traía un fuerte dolor de cabeza, o sea jaqueca, migraña, cefalalgia, hemicrania o neuralgia cerebral. De hecho se fue a su casa antes de terminar la jornada de trabajo. Aquella noche uno de sus compañeros fue a interesarse por su salud. Le preguntó: "¿Cómo está tu dolor de cabeza?". "Salió -contestó don Martiriano-. Fue a visitar a su mamá". Dulzaina, hija de don Poseidón y doña Holofernes, contrajo matrimonio. Todos los invitados a la boda notaron que el abdomen de la novia había aumentado considerablemente de volumen, pero ninguno pensó que tal agrandamiento se debía a excesos en la alimentación; antes bien la atribuyeron a excesos anticipados de colchón. Terminada la ceremonia nupcial doña Holofernes y don Poseidón invitaron a sus amigos y parientes a una comida en su casa de la granja. Ahí un vecino del anfitrión le dijo: "Noté que al entrar a la iglesia el novio caminaba muy lentamente, como si trajera plomo en las nalgas". Don Poseidón dirigió una mirada a su escopeta, colgada sobre la chimenea del vasto comedor, y declaró con laconismo: "Lo trae". Babalucas les contó a sus amigos que su novia era hermana gemela. "A veces batallo para distinguirla -relató-. Afortunadamente su hermano usa bigote y barba, y eso me ayuda a no confundirlos". Don Geroncio, senescente caballero, le dijo a don Añilio, su amigo y coetáneo: "Leí que los avances de la ciencia médica y la farmacología nos ayudarán a los hombres a conservar nuestras aptitudes de varón más allá de los 80 años. Desgraciadamente ni la Medicina ni la farmacopea podrán evitar que disminuyan nuestros facultades visuales y auditivas". Acotó el amigo: "Ah, vaya. O sea que podremos hacer el amor, pero no sabremos con quién diablos lo estamos haciendo". Doña Camalisa se había casado siete veces, y otras tantas había enviudado. Cuando su último marido estaba recibiendo cristiana sepultura uno de sus compadres suspiró: "Al fin estarán juntos". Alguien preguntó: "Ella y ¿cuál de sus maridos?". "No -precisó el compadre-. Me refiero a sus muslos". FIN.

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