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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
domingo 18 de febrero 2018, actualizada 9:08 am


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Pepito iba llorando en el centro comercial. Lo vio una bondadosa dama y le preguntó: "¿Por qué lloras, buen niño?". Contestó el chiquillo entre sus lágrimas: "¡No encuentro a mi abuelito!". "Vamos, vamos -trató de calmarlo la señora-. Dime: ¿cómo es tu abuelito?". Pepito hizo una descripción exacta de su abuelo: "Le gustan mucho la cheve y las mujeres nalgonas". López Velarde habló de "las frutales tapias" de su villa. La rútila metáfora me hace recordar la admonición que a sus hijas casaderas hacían algunas madres de antes para indicarles las libertades que podían permitirle al novio: "De la tapia lo que quiera, pero de la huerta nada". Eso es lo mismo que, pese a ser el diablo, aconsejaba Mefistófeles en la ópera "Fausto", de Gounod: "N'ouvre ta porte, ma belle, que la bague au doigt". "No abras tu puerta, hermosa mía, más que con el anillo en el dedo". Tal hizo la señorita Himenia Camafría, madura célibe que decía andar "alrededor de los 40", pero que les había dado ya bastantes vueltas. Una tarde fue a visitarla don Añilio, senescente caballero. La señorita Himenia abrigaba secretas intenciones en relación con él, así que le dijo tras animarlo con varias copitas de vermú: "Si me adivina usted mi edad, querido amigo, podrá besar mis labios y poner sus manos en cualquier parte de mi cuerpo, a condición de que sea de la cintura para arriba". Don Añilio, que no quería compromisos pues sostenía la idea de que "El buey solo bien se lame", respondió: "Calculo, señorita, que tiene usted mil 500 años". Himenia abrió los brazos y exclamó: "¡Vengan el beso y la sobada! ¡Total, año más, año menos!". Murió sor Bette, joven religiosa del convento de la Reverberación. En vida fue espejo de piedad y repositorio de todas las virtudes; jamás pasó por su mente ni siquiera la sombra de un mal pensamiento. Por eso se fue directamente al Cielo. La recibió San Pedro, el guardián de las llaves del Reino, y tras consultar su libro de admisiones le dijo con gran pena: "Tienes derecho a entrar, pero por el momento no tengo habitaciones disponibles. Deberás regresar a la tierra -no a tu convento, pues ahí te reconocerían-, y esperar a que te halle un acomodo. Eso sí: ahora que estarás en el mundo cuida de no caer en alguna tentación, pues eso te cerraría las puertas de la bienaventuranza eterna". Volvió pues a la tierra la monjita, y empezó a vivir la vida mundanal. Una semana después llamó por teléfono al Cielo y dijo preocupada: "San Pedro: habla sor Bette. Por favor, consígueme ya la habitación. En el mundo hay muchas tentaciones. ¡Hoy me fumé mi primer cigarro!". Pasó otra semana, y nuevamente la monjita llamó al Cielo con desesperación: "San Pedro: habla sor Bette. Consígueme habitación lo antes posible. Aquí hay muchas tentaciones. ¡Hoy me tomé mi primera copa!". Transcurrieron unos días más y otra vez llamó al Cielo la joven religiosa y dijo con ansiedad: "San Pedro: habla sor Bette. Urge que me consigas esa habitación. En el mundo hay demasiadas tentaciones. ¡Hoy un hombre me dio mi primer beso!". Al día siguiente llamó de nuevo: "Pete: habla Betty. Ya no te molestes en buscarme habitación". Don Poseidón, ranchero acomodado, fue a la ciudad a consultar un médico. La asistente del facultativo le pidió: "Dígame la causa de su visita, para abrirle el expediente". Respondió en voz alta el vejancón: "Me duele el pito". "¡Shh! -le impuso silencio la asistente, pues había varias señoras en la antesala-. No diga esa palabra. Use alguna otra, por ejemplo 'dedo'. Ahora dígame: ¿cuál es la causa de su visita?". A toda voz contestó don Poseidón: "Cuando cojo me duele el dedo". FIN.

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