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Cómo se inventó

Danza de Pochó, símbolo del Carnaval de Tenosique

NOTIMEX Y EL SIGLO DE TORREÓN
TENOSIQUE, TAB, martes 23 de febrero 2016, actualizada 11:22 am

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El “pochódromo” vibró una vez más cuando los pies de hombres ataviados con ropaje de hojarasca y rostro cubierto con máscara, de mujeres con faldas multicolores y hombres-tigres escenificaron la Danza del Pochó, símbolo del Carnaval de Tenosique, que tuvo lugar a inicios de este mes.

Una plancha en el Parque Central -con una máscara del Pochó pintada en el concreto-, atiborrada de asistentes, que delimitaban el círculo central, aguardaba el arranque de la danza de origen precolombino, mientras decenas de cojóes, pochoveras y tigres se alistaban para entrar en escena.

Bajo un sol intenso, pero a pie firme y sin que nadie cediera su lugar en primera fila, irrumpieron los protagonistas por un costado de la plaza, una vez que el sonido de percusión envolvió el ambiente en el segundo de tres domingos del carnaval.

Pero la danza no podía empezar hasta que hiciera su arribo al lugar el contingente de danzantes que salió de la calle 42, en la colonia Chivo Negro, para recorrer una ruta trazada por diversos puntos de la ciudad hasta desembocar en el “pochódromo”.

SE ALISTAN

Más temprano, en casa de Armando Torruco Vázquez, Capitán de la Danza, comenzaron a concentrarse los participantes, vecinos y visitantes que desean conocer los preparativos del recorrido.

Algunos, bajo una lona y otros de una palapa, apilan y escogen grandes hojas de castaña, que serán los faldones de los cojóes; también las hojas secas de plátano para cubrir los pies, las cuales remojan para evitar su quiebre.

Otros elaboran los sombreros con las cañitas, vara larga plana y puntiaguda, añadiéndoles flores como bugambilias o tulipanes.

Un elemento más de cada cojó es un chaleco de henequén debajo de una camisa blanca con capa y paliacates alrededor del rostro y la frente, donde se coloca la máscara, todas con características propias.

“Me siento alegre. Es la primera vez que soy capitán”, dijo Armando Torruco, con 38 años de participar como cojó en los carnavales y encargado de elaborar los tres recorridos para abarcar el mayor número de colonias.

Al mismo tiempo, Wilber Cejas y su hijo de seis años, César Eduardo, se untan en brazos, torso, piernas, cuello y rostro con una mezcla de arcilla conocida como “sascab” que al secarse se torna blanquecina, en preparativo para colocar manchas negras y convertirse en “tigres” o “balam”.

Secándose al sol, una vez listo el maquillaje, ambos se colocan las pieles moteadas en cabeza y espalda.

Las pochoveras llegan en grupos al lugar de la cita, que luce en la entrada una bandera roja, distintivo del sitio donde saldrán los danzantes.

Al punto de partida, se presentan turistas y visitantes como Seiichi Kibayashi, joven japonés que labora en una empresa automotriz de su país en México y gusta de difundir las tradiciones mexicanas en sus redes sociales.

“Quiero difundir hacia mi país para que vengan turistas porque allá hay mala imagen de México. Pero cuando lo vives, esta ciudad y país es hermoso, hay mucha tradición y cultura; comida sabrosa, la gente amable. Los japoneses no saben, pero a través de mí quiero que vean, entiendan y al final estén aquí”, mencionó.

Antes de salir, Dominga Corzo López, de 76 años de edad y capitana de las pochoveras desde hace 45 años, derrocha vitalidad y alegría, las cuales mostró después en el recorrido de unos tres kilómetros y medio hasta el “pochódromo”’ bajo el sol.

“Aquí ando todavía” expresó con jocosidad y agita la bandera roja, símbolo de que lleva el mando. Destacó que el carnaval conserva su tradición y muy poco ha cambiado desde que, a sus 22 años de edad, comenzó a participar.

Cuando avanza el tiempo, los cojóes aceleran su atavío. Ya están listos los personajes de la danza: el cojó, las pochoveras y los tigres.

Una vez en la calle, en promedio cada 100 metros se detienen a escenificar la danza a petición de los pobladores que se instalan en las puertas de sus casas o en balcones.

Algunos se toman fotos con los personajes, mientras los cojóes, con improvisadas alcancías en latas, solicitan cooperación voluntaria.

“Se toca en cada casa que la gente lo pide. No se cobra nada, si quieren cooperar es libre. Y así nos vamos. Es un recorrido como de unas cinco horas”, mencionó Lisandro Díaz, integrante de la “caja”, denominación al conjunto del tambor y la flauta de carrizo.

Encargado del tambor, señaló que la música marca las fases de la danza, con melodías que se tornan alegres o tristes y un son para la “pelea” entre los tigres y los cojóes.

Desde hace 12 años, expuso mientras camina calles empinadas de esta ciudad, formó un grupo de rescate y preservación de la Danza del Pochó, con unos 40 integrantes que la difunden en el estado. “Para que se respete lo autóctono y defender la originalidad”, afirmó.

Cada integrante de la danza, paga los implementos que necesita su personaje, “porque es por el gusto de participar”.

Después de la séptima danza por las calles, algunos cojóes o pochoveras buscan alguna sombra o se rezagan para tomar un descanso, pero una vez que comienza la música, recuperan el entusiasmo, en todo un reto para la condición física.

Las pochoveras son las que abren la danza y al cambiar de música entran los cojóes que hacen sonar sus “shiquish”, un palo de madera extraído del árbol de huarama, seguidos de los tigres.

Hace unos 15 años, refirió Armando Torruco, ocurrió una tragedia. Pobladores comenzaron a disfrazarse de gorilas y un par de niños, a quienes les impregnaron diésel a su vestimenta para que brillaran más, murieron tras quemarse por una flama que alguien arrojó durante el recorrido.

INVESTIGADORA LA ANALIZA

Por su parte, el escritor tenosiquense, Erwin Macario, señaló que la investigadora Leticia Rivera Virgilio remite la danza a la mitología maya y a la creación del hombre, así como al hombre histórico al representar las vicisitudes acaecidas en los enfrentamientos de los mayas del sur y las hordas del norte del país.

El drama de la danza, de acuerdo con la investigadora, se relaciona con la reconquista del territorio por parte de los putunes itzáes de Tabasco, en alianza con príncipes de Cozumel, quienes habían sido expulsados de la región de Zuyúa, hoy región del Usumacinta, señaló el escritor.

Mientras el contingente de danzantes está a pocas cuadras de su destino, en el Parque Central hay una multitud que se cubre con sombrillas, gorras o sombreros, ante el sol que, inclemente, calienta el “pochódromo”.

Con el pitido del carrizo a cargo de Pedro Cámara, las pochoveras ingresan a la plaza para tomar su lugar, junto con los pochóes y los tigres, que al momento de escuchar el tambor, bailan o se contorsionan con frenesí y expresiones como “¡júrguele! ¡júrguele!” o gritos incomprensibles para denotar alegría.

Pese a ser cientos de participantes, todos saben cuáles son sus movimientos en la plaza y los cojóes, en el transcurso de la danza, arrojan harina hacia el cielo, la cual impregna a la primera fila de observadores.

Durante 25 minutos, la algarabía se desbordó en la plaza principal de Tenosique -enclavado entre cerros, circundado por el río Usumacinta y colindante con Guatemala-, en espera de que se repita la tradición una vez más el domingo 7 de febrero en este denominado “carnaval más raro del mundo”.

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